Alguien que sepa que sí se puede estar solo en el medio de Beijing, en un supermercado un domingo. Que no es solo la voz la que habla ni el oído el que escucha; que hay lenguajes mucho más profundos que no se perciben con ninguno de los sentidos. Que te podés estar exprimiendo los pulmones y desintegrando la garganta a gritos, pero que, aún así, nadie te oiga. Podés estar rogando por ser ayudado, por una palabra, por un instante, y que, aún así, todos te ignoren.
Podés sentir el vacío completo, la desvalorización en carne propia. La nada en sí misma, la descontextualización de todo lo que alguna vez tuvo sentido. La pérdida de todo impulso, de todas las ganas existentes de formar parte de algo. La antítesis de toda satisfacción. Ser un extraño hasta para vos mismo, ser un enigma para el espejo. La contradicción personificada, la negación de todo lo que te supo hacer feliz. El rechazo, el autoabandono, la angustia multiplicada hasta niveles insospechados.
Todo eso se puede sentir, todo eso se puede vivir. Pero quizá sean pocos los que entienden, los que sufren a este grado, los que sienten en su máximo exponente. Porque no se puede transmitir, es absolutamente personal y único. Es un dolor que trasciende el cuerpo y vulnerabiliza toda expresión. Calla, aplasta, quema. Aísla, enferma, mata.
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