Es tan loco pensar en cómo cambian las cosas, cómo las personas, de repente, bajan de las nubes, bajan de pedestales como globos desinflados. Cómo ayer alguien era el amor de mi vida, y hoy es otro peatón.
Las cosas dejaron de ser predecibles, no tengo ni idea cómo va a ser el fin de semana que viene, perdí el orden lógico de la vida. Mejor, a mí nunca me gustó el orden.
8/26/2011
Es como una canción, como una historia que nunca se escribe pero se repite todos los días, a las 2 y las 3 de la mañana cuando se apagan todas las luces y solo se dicen secretos. Es el trabajo frustrado de un novelista ilustre, que crea una obra brillante pero le faltan páginas. Esa es la descripción perfecta, sentimiento sin concreción.
Es como un respiro, que revive pero es efímero; vuelve, pero se pierde en el viento y en las manos entrelazadas de todos los que podríamos ser nosotros, pero son otros, porque su historia sí es posible.
Así vamos, sin saber a dónde, pero seguimos, porque la reciprocidad es lo único que tenemos (la aprendimos a valorar más que la realidad). El problema es que estamos atados, lo estamos desde el primer momento, y sin hablar de medias naranjas o símbolos inexactos, hay algo mío que te pertenece, y hay algo tuyo que es mío. Cuesta el tiempo y cuesta la distancia, pero no dejamos de escuchar nuestras voces, mudas entre palabras que escribimos porque no las podemos decir.
Esperar siempre es un proceso oxidado, pero igual esperamos, no por nosotros porque nosotros estamos, esperamos por el día en que esto que armamos, tan vulnerable e indeterminado, se vuelva aunque sea verosímil. Esperamos por el día en que los centímetros reemplacen a los kilómetros.
Hasta entonces puede cambiar todo, pero yo sigo igual; tocando acordes que tienen tu nombre y mirando la luna (que sé que es igual donde estás vos).
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