Eso escribe Cielo Latini, y a mí me convence lo mismo. Me llegaron tantas cosas este año por las que había esperado mucho, con toda la impaciencia que roza la desesperación de alguien que no sabe hasta cuándo va a tener que esperar, y se empieza a cuestionar si su espera tiene un límite.
Algunas llegaron para explicarme que no eran lo que me imaginaba. Que eran comunes, ordinarias, un poco patéticas. Otras vinieron solamente para agregarse a mi lista de experiencias de mierda, que en algún momento de mi vida me voy a dar cuenta de que me sirvieron de aprendizaje, de recordatorio de las cosas que no haría nunca más. Otras llegaron como caídas del cielo, de sorpresa, como un amigo que te toca el timbre un domingo a las siete de la tarde para convertirlo en un día disfrutable. Para convertir los domingos en viernes o sábados.
Hay algunas que todavía no vinieron. Pero, a diferencia de antes, las espero con la tranquilidad de alguien que sabe que van a llegar. Tengo la seguridad más grande del mundo de que eso que espero tiene un imán con el polo opuesto al mío, y aunque pasen los años, siempre va a estar atraído hacia mí. Alguien allá arriba o acá abajo me condenó, como ya tengo asumido, a no olvidarme nunca, y tengo la certeza de que tiene un propósito. Algo tan grande no se crea para pasar desapercibido; algo tan distinto no se pierde, no se queda en la nada sin siquiera ponerse a prueba. No puede ser que la parte más linda de la historia (y todas sus partes) sea, para siempre, virtual.
Ya dejó de preocuparme el momento en el que se concrete. Se va a concretar y punto. En el medio puede pasar de todo, como me está pasando a mí, que estoy tan feliz hoy que excede el entendimiento humano acerca de lo plausible. Pero sin apuros y sin rencores, sigo esperando algo que cada día que pasa, está un paso más cerca.