Nada funciona conmigo. No me importa la tele, los diarios, la rebelión en Egipto, la política, las personas o la humanidad. Mi cuarto está lleno de polvo y de cenizas y libros viejos, estáticos, que están en los mismos estantes desde el siglo 3, y no pienso moverlos aunque nunca los toque, porque me gusta cuando están desordenados.
No me gusta el orden. Hay una perfección y una disciplina en las cosas ordenadas que me desequilibra. Prefiero cuando todo está hecho un desastre, porque todavía hay algo para corregir. Pero no hay voluntad. Supongo que ese es el problema conmigo.
Miles de personas ocupan mis tardes, sin concreción y sin un rol exacto. Algunos se desdibujaron en rincones de mi memoria por desuso, pero no quiero sacarlos de ahí porque no quiero que se vacíe mi cerebro. No quiero quedarme sin nada. Es tal cual como cuando ordeno mi cuarto; me encuentro con los objetos más inútiles del planeta, pero me niego a tirarlos. Quizá lo que me pasa es que tengo miedo de que cuando ordene todo y descarte lo inservible, la vida en sí misma me siga pareciendo mal. Que con orden y todo, sin nada por corregir, siga sin querer nada con nadie, con nada o con el mundo.
Tengo miedo a seguir dando pasos vacíos, de los que resuenan en mis oídos haciendo eco, como recordándome que están solos. Caminar sola por las mismas calles, que se destiñen todos los días y se vuelven más grises y más monótonas. Seguir siendo el antihéroe de mi propia novela, como en los libros de Onetti, donde los personajes principales son como una depresión crónica.
Tengo miedo de que mi vida siga siendo literatura triste y barata, casi como lo que me gusta leer (de adolescentes atormentados y trastornados), pero mucho más aburrida. Tengo miedo de no poder salir nunca de todo lo que odio.
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