2/08/2011

El 14 de febrero, de nuevo, me toma desprevenida. Las demostraciones de amor recíproco me quedaron muy lejos, tan lejos como para sospechar de su inexistencia.
Este año es diferente, porque aprendí a conformarme con lo accesible, que es quererte tanto sin que sea dañino, sin ninguna explicación y sin ninguna restricción aparente.
Este año es diferente, porque creo que me enseñaste inconscientemente a disfrutar haciendo corazones con tu nombre y que el amor unilateral no siempre es obsesivo. El mío es sano e incondicional (ya no me importa lo que hagas o lo que digas, todo desemboca en que te quiero así, distinto y mío).
Yo elijo quererte demasiado, rozando lo impredecible y el ridículo. Yo elijo memorizarme todas tus formas, tu cerebro entero. Leerte antes de que escribas, reírme de todas tus palabras en secreto.
Este 14 de febrero me alcanza con encontrar, en la mirada de dos extraños que se quieren y se regalan osos de peluche, las nuestras grabadas en un futuro imaginado, escrito entre millones de documentos de Word.

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