2/19/2012

13/2/12


Hace dos semanas que viajo. Irlanda-Edimburgo-Londres. El mejor viaje del planeta tierra, el mejor viaje de mi vida, un sueño. Sin embargo, de forma imprevista para variar, hoy ya no es mi sueño. Esa meta tan importante de viajar, conocer, vivir, hoy ya no es mía, sino que es solo un momento que se me escapa casi como una estrella fugaz. 
A veces es un momento bueno, lo disfruto y lo guardo, le saco fotos, lo pinto en mi cabeza y lo encuadro, sonrío, pero sé que no es mío. 
Este viaje era casi como un viaje de identidad, como ir a buscar mi nombre a otro país. Pero hoy es una experiencia de otros, y solo puedo mirar desde afuera cómo lo viven con cabezas tan distintas (quizás mucho más inteligentes y mucho más prácticas). Los miro y a veces me gratifica ver a otros disfrutando algo que es casi surreal, pero a mí ya no me toca. No puedo disfrutarlo, me canso, no quiero. 
También me pregunto si sus risas son auténticas, si de verdad se divierten cuando se divierten, si saben a qué le sacan fotos. También me pregunto si no hay nadie que se esperó algo diferente y llora porque esto es precioso pero no es suyo, como yo. 
Camino por Londres y veo calles, rojo, taxis y personas, es mi ciudad y siempre lo fue, pero hoy se la adueñaron otros. No sé quiénes, no sé cuándo, no sé si les gusta lo que yo admiraba desde mi computadora, pero ahora es de ellos. 
Me doy cuenta escribiendo esto que tengo una necesidad enferma de apropiarme de cosas. No me gusta compartir ni siquiera sentimientos. Trato de expulsar la molestia de que a todos nos guste lo mismo como un ejercicio diario, como si fuera una buena acción, cuando en realidad es otro de mis incontables egoísmos. Me planteo que no le debo felicidad a nadie, que no tengo por qué estar pasándola bien, que no tengo por qué sonreir cuando estoy cansada, me duelen los pies y nadie logra sacarme la foto que quiero porque están demasiado ocupados sacando las de ellos, a techos que a nadie le importan de edificios que a nadie le importan, probablemente para mostrarle a sus padres y dejarlos contentos. Pierdo las ganas de darle la cámara a alguien, igual va a salir desenfocada o con mi cabeza cortada porque todos tienen guantes y quieren sacarla rápido para que me deje de joder. También pierdo las ganas de comer lo que quiero y me resigno a seguir a la manada al Mc Donald's más cercano a comer una ensalada (me niego a seguir engordando) con gusto a heladera y transgénicos dudosos. 
No me gustan las ciudades que se convirtieron en sus ciudades, las ciudades de gente que solo quiere mostrar que fue en facebook y comprarse un vaso de shots. No me gustan las ciudades de gente que las camina con camperas infladas y mochilas de agencias de viaje. 
Soy demasiado insoportable como para participar de un viaje donde hay tanto que tolerar, donde siempre termino ahogada entre fotos grupales, puntos de encuentro y horarios de llegada. Yo siempre soy la última en las caminatas, la última en subirse al Luas, la primera en llegar al hotel a buscar desesperadamente 5 minutos de paz. 5 minutos míos. 
No me gusta Dublín, no me gustan las caras rosaditas y porcinas de los irlandeses, ni la guiness que todos toman y yo también tomo y tiene gusto a café frío. No me gusta Edimurgo, no me gustan sus edificios grises y tristes y sus veredas apagadas, ni sus calles empinadas que son preciosas pero me cansa subir. Amo Londres, pero ya no es mía. 
Deben ser alrededor de las 10 de la noche, y yo sigo sola en la habitación de mi hotel en Notting Hill. No sé donde están todos y no me importa, solo quiero que desaparezcan mientras busco un piyama en el abismo de mi valija que nunca estuvo tan lejos del orden, y que me dejen un enchufe libre para cargar un celular que no voy a usar. Que se vayan todos a la habitación de los varones a hablar de boludeces repetidas que incluyen lo bien que la están pasando, los regalos para sus primos segundos y qué carajo van a hacer con el sobrepeso en sus valijas. Quédense dormidos y regálenme 5 minutos más. 

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