Supongo que todo empieza el día que decidí cambiarme de colegio. Con esto se deben estar imaginando que empieza una de las tantas historias de una adolescente perturbada, descubriendo un mundo lleno de posibilidades y confundiéndose mucho ante la idea de la menstruación y tener tetas y granos. Bueno, no. Esto es un poco más complicado y un poco más problemático que un cliché. Es como una radiografía de un cerebro bastante…especial, y me refiero al “especial” con connotaciones negativas, como cuando la eufemística sociedad llama “especiales” a los discapacitados, por el mero egoísmo de no sentirse mal usando un término más apropiado.
Esta es una historia cruda sin llegar a los extremos. No hay esbozos de un suicidio inminente (aunque hay varias hipérboles aludiéndolo) ni desórdenes alimenticios, cortes en los brazos o un trastorno mental diagnosticado. No hay enfermedades terminales ni familias violentas. Pero sí hay una mente peligrosamente analítica, destructivamente reflexiva, que sin dudas representa uno de los peores suplicios: ser preso de uno mismo. Cuando uno no puede escapar de su propia forma de ser, está condenado a sufrir inexorablemente. Y no es un sufrimiento sencillo, predecible, esperado. Es un malestar constante, que amenaza con ser crónico, comparable con una gastroenterocolitis: el estómago no duele esporádicamente, con puntadas, cada tanto. Duele todo el tiempo.
Just startinggggggggg
me gusta me gusta. es catchy
ResponderEliminar