7/04/2012

¿Cuántas veces renunciaste a un amor que no era tuyo?
Infinitas despedidas de un remitente sin destinatario.
Poder decir adiós es crecer. Eso dicen. Entonces yo crecí una y mil veces. Crecí, morí, volví a nacer.
Se caen las hojas de los árboles y el otoño ahora es invierno, y hace frío adentro y afuera. Una vez más. La naturaleza cíclica de todas las cosas es la prueba de que despedirse es de ilusos, porque nunca es suficiente con una sola despedida.
Tantos días así, intransigentes, iguales, agoté mi ingenio para despojarme del impulso de hacer lo imposible por recuperar ese derecho a ser alguien. Alcanzo la paz y me alejo. Un paso hacia adelante, dos hacia atrás.
Conservo la ingenuidad de una niña al creer que lo que se tiene permanece propio para siempre, como si todos mis logros fueran juguetes perdidos en el patio y yo los encuentro y digo "ahora es mío". Pero se escapan, escurridizos, y retrocedo. Entonces llego al orden, después de horas de racionalizar sentimientos, de sacarle el amor al amor, y en el primer rayo de sol pierdo todas esas horas, se reincia el corazón a pesar del cerebro, y pide un poco más de voluntad. ¿Otra vez? Yo ya me había despedido.
Cometo el error imperdonable de confiar en el olvido, si siempre me traiciona. Se asoma, sigiloso, por las paredes de mi mente, y podría decir que hasta se sienta a conversar. Pero amanece y desaparece, y el nuevo día es volver a empezar.
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Escucho "Adiós" de Cerati hoy, pero me anticipo a mí misma: mañana no voy a escuchar la misma canción. Probablemente escuche una que dice: "Y una melodía dice, todavía, nos volveremos a ver..."

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