10/02/2010

Terceros


Él era un tipo grande. Desde todos los puntos de vista posibles. Tenía todo armado, y, al mismo tiempo, nada concretado. Las cosas claras pero inconclusas. Estaba lleno de metas considerablemente lejanas, pero que igual oficiaban como motor. Porque eso buscaba: una motivación, una causa. Algo que lo rescatara de la inactividad y de lo superfluo; que le permitiera morirse con la satisfacción del deber cumplido. Repleto de proyectos, de ganas. Un idealista, un visionario.

Ella lo miraba con ojos de nena, de esos que descubren el mundo. Admiraba su espíritu; libre e irreprimible. Disfrutaba de verlo intentar equilibrarse; sus esfuerzos, con éxitos intermitentes, por convertir su indisimulable lado temperamental y explosivo en un carácter más racional y prudente. Se pasaba las horas mirando estrellas, analizando las posibilidades de ver sus sueños cumplidos y su futuro ideal, que siempre incluían sus caminos entrecruzados, aunque fuera para un intercambio insignificante de palabras banales.

La mente de él le resultaba un enigma: parece, al principio, una mente estructurada, pero con más atención, se disipan incontables contradicciones y cabos sueltos que ella archivaba en su memoria como imperfecciones (otro de sus engaños auto inducidos, ya que era este mismo desorden de su cabeza lo que más le gustaba de él).

A veces se preguntaba, si pasado el tiempo, seis años seguirían significando una distancia inconciliable. Pero caía en la realidad de que, en un futuro, él con 29 y ella con 23, su relación casi imaginaria se habría sumergido en el olvido. Le costaba admitir que un vínculo cibernético tenía un sustento prácticamente nulo. Ni siquiera tenía un nombre, y era tan lindo como caduco.

Sin embargo, le importaba poco y nada. Por primera vez el atractivo no era el carácter prohibido o imposible (estos eran simples impedimentos), si no su cualidad fugaz. Y, aunque ya había durado un año, sentía que se iba a terminar en cuestión de días contados; porque a pesar de que algo en él siempre la hacía volver, ese poder que ejercía inconscientemente no le iba a durar para siempre.

Era un amor que no alcanzaba. Un amor unilateral que se basaba, en un gran porcentaje, en idealizaciones y fantasías.

Tenía un lado razonable: a veces miraba su pelo, su barba, su pecho peludo y sus generosas dimensiones, y se preguntaba qué pasaba por su mente cuando ésta decidía soñar con él. También se cuestionaba la viabilidad de cumplir con sus expectativas. De, algún día, vencer los miedos que la alejaban de él pero a su vez, lo dejaban tan cerca. Y se respondía lo mismo que ya sabía pero que sus manos, cuando tocaban el teclado, ignoraban cada vez que leía su nombre: que era imposible.

Él estaba para otra cosa: dedicaba sus días a estudiar, pensar, leer, a “defender sus causas”. De lo contrario, destinaba sus pensamientos a chicas mucho más lindas que ella, con edades no problemáticas y cuerpos mucho más flacos. Tenía una confianza y una autoestima excepcionales: era feo pero casi no se notaba. Su personalidad lo camuflaba demasiado bien.

Sus épocas de rebelde le habían dejado secuelas: se notaba que había tenido una etapa de demencia. Pero ese crecimiento era otro de sus mayores atractivos: la capacidad de dejar su peor versión atrás lo convertían en alguien digno de la más grande admiración.

Ella soñaba con la omnisciencia, o al menos el poder de meterse solo en su mente, y ver si entre todas esas ideas y proyectos, había un lugar para ella. Él solía elogiar su inteligencia y su madurez, pero ella sabía que eso no era suficiente. Porque él solo le dedica un par de palabras (cuando se acuerda, cuando quedan bien), pero ella escribe de él, carillas enteras, porque es la forma de tenerlo más cerca. Aunque las escribe en tercera persona, claro, ya que todavía le cuesta admitir que lo que escribe roza lo absurdo.

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